domingo, 12 de febrero de 2017

El señor del gel

Creo que era martes aquella tarde en la que un hombre desnudo de mediana de edad me tocó en el hombro.
Por una concatenación multitudinaria de planetas me encontraba en el vestuario de un gimnasio. Guardaba mis cosas en la taquila 329 cuando noté un leve contacto en el hombro. Lo que me encontré al dar la vuelta era digno de describir concienzudamente, procedo: era un señor  de no menos de 55 años tan desnudo como podía, velludo como para sobrevivir un invierno en Sebastopol, no muy alto, no muy bajo, estaba algo azorado por las temperaturas tropicales que se alcanzan en los vestuarios de gimnasio y - hasta aquí todo medianamente normal - portaba un bote de gel de baño de un litro.
Ver ese cúmulo de factores tan súbitamente fue complejo de asimilar. Podría haber vivido sin tener que asimilar esa visión. ¿Has leído el Ulises, de Joyce? No, pero lo quiero tachar de mi lista próximamente. ¿Has paseado por Greenwich Village a media tarde en octubre escuchando la version de Billie Holiday de Let's call the whole thing off? Ciertamente no, pero supongo que debe ser una experiencia magnífica. ¿Has interactuado alguna vez con un señor de mediana edad totalmente desnudo con un bote de gel de baño de un litro en el vestuario de un gimnasio una tarde de martes? Sí, y no repetiría.
El caso es que me giré y allí estaba. Intenté normalizar aquella situación tan marciana con una media sonrisa y un leve arqueo de cejas que dijera "¿qué desea?, pero tápese antes".
¿Es tuyo este bote de gel? - preguntó.
No lo era. Respondí que no. Entonces explicó que después de ducharse se lo había encontrado en una ducha huérfana. No era el qué, era el cómo. Lo explicaba de tal forma que parecía que el bote de gel de baño era un niño recién nacido. Su tono desprendía un reproche para aquel individuo que osó dejar abandonado aquello en una ducha. Estaba realmente serio, convincente más allá de que, efectivamente, no escondía nada a la imaginación. Era absurdo pero qué buena defensa hizo aquel señor desvestido sobre por qué no hay que dejar botes de gel de baño de un litro olvidados a su suerte.
Por otra parte, también pensé en una posibilidad tremendamente remota. ¿Y si el tipo me estaba poniendo a prueba? ¿Y si el bote era suyo y quería calibrar - en una voluntad desproporcionadamente excéntrica, propia de un lunático - mi bonhomía, es decir, si sería capaz de apropiarme de un bote de gel de baño ajeno? O quizá fuera un detective tremendamente vocacional que amaba su trabajo sobremanera. Muchas teorías se me agolparon. Incluso, ¿y si era una especie de hada disfrazada de señor desnudo que me quería dar algún tipo de lección grotesca relacionada con productos de higiene personal?
Todo esto lo pensé durante los 15 segundos que duró la escena al completo. Al segundo 16 al darme cuenta que llevaba hablando 15 segundos con un señor desnudo con un bote de champú en la mano tomé la sabia decisión de abandonar el vestuario, aún sabiendo que nunca sabría de quién era aquel bote de gel de baño. No se puede tener todo